Discurso de Enrique Barón Crespo, Doctor Honoris Causa en la Universidad de Sevilla

Enrique Barón Crespo 

Universidad de Sevilla
Discurso Doctor Honoris Causa
13 de enero de 2020

Permítanme expresar mi emoción al recibir el honor que me hace esta Universidad al conferirme el Doctorado honoris causa. Ante todo, porque desde mis tiempos de joven profesor pnn fui un invitado frecuente en este histórico claustro. Mi historia universitaria, docente y política está muy ligada a Sevilla y a ilustres sevillanos, muchos de ellos egresados de esta Alma Mater, con los que he compartido la pasión por la democracia, la libertad y la ciencia. Deseo también dedicar un recuerdo a mi añorada esposa, la pintora Sofía Gandarias, a la que Sevilla acogió con dos exposiciones en las que colaboré activamente: “Primo Levi, la memoria” y “El Coloquio de los perros”, sobre la obra de Cervantes. Como Berganza, vuelvo a Sevilla.

En mis palabras, trataré de estar a la altura del noble título que me han concedido por mi ejecutoria europea. Pero antes de entrar en esta singladura, permítanme hacer un breve excurso histórico sobre el europeísmo de esta tierra bética. No en vano dos de los más grandes emperadores de Roma nacieron en Itálica, Trajano y Adriano. Trajano fue el primer provinciano en acceder al cargo y además de llevar el Imperio a su máxima extensión fue el primero en conceder la ciudadanía romana a los hijos de sus legionarios con las mujeres locales. El Decreto Antonino de 212 la extendió a todos los súbditos del Imperio, la europea la conseguimos, no sin esfuerzo, en el Tratado de Maastricht.

El filósofo federalista suizo Denis de Rougemont, que con Salvador de Madariaga animó la Comisión de Cultura del Congreso del Movimiento Europeo de 1948 – en el que Indalecio Prieto planteó en nombre de los exiliados españoles presentes las líneas de superación de la dictadura franquista – dice en su ensayo “ Tres milenios de Europa” que “ el texto capital que se puede considerar como el acta de nacimiento de la Europa histórica y política se encuentra en una continuación de la crónica de Isidoro de Sevilla. El anónimo Isidor Pacensis ¿ de Badajoz o de Beja? describe en “la Crónica mozárabe de 754” la batalla de Poitiers ganada por Charles Martel contra los árabes en 732 que seguramente vivió de cerca por los detalles que menciona. Tras una batalla de siete días los “europenses” vieron las tiendas de los árabes, y al llegar estaban vacías. Esta es la primera vez que se utiliza el término europeo para describir una comunidad continental. Ciertamente, el relato de esta razia casa mal con la épica descripción tradicional.

También, sin duda compartirán mi sorpresa cuando al conceder un premio europeo al gran director de orquesta Claudio Abbado me dijo que su familia provenía de la dinastía abadí de Sevilla. No me extenderé en la dimensión europea y universal de la Sevilla capital europea y del nuevo mundo, Don Ramón Carande lo hizo magistralmente en esta Universidad.

La introducción de mis Memorias comienza con la afirmación de que “en mi vida pública dominan dos grandes pasiones: democracia con justicia social en España y en Europa”. No es una pasión privativa, define a la generación que se incorporó a la vida pública en la lucha contra la dictadura en la década de 1960 y fue protagonista tanto de la Transición como de nuestra vuelta a Europa. Permítanme recordar a algunos paisanos de Trajano con los que compartí este compromiso europeísta en la cátedra y la acción: José Antonio Carrillo Salcedo, Elisa Pérez Vera, José Cabrera Bazán, Fernando Pérez Royo, Pedro Cruz Villalón y Felipe González, que logró que el Consejo Europeo de Maastricht aceptara incluir en el Tratado la ciudadanía europea que propuse en nombre del Parlamento Europeo.

Ambos procesos comparten ser “saltos a lo desconocido” como respondió Robert Schuman a la prensa al explicar la Declaración del 9 de mayo de 1950, al ser procesos constituyentes abiertos de profunda transformación social y política, ¿por qué no llamarlos revolucionarios pacíficos?, de nuestras sociedades. Más aún, se entrelazan y enriquecen mutuamente desde hace cuarenta años de modo complejo y creativo compartiendo solidaridad y avance paso a paso, superando crisis y retrocesos.

Hicimos la Constitución con la peseta como moneda, el temor cotidiano al golpe de Estado a un Estado nacido del Golpe, perpetuado sobre la represión y el rencor con la reconciliación como guía. Además, pusimos España en el mapa con la integración europea como una de sus líneas esenciales, para lo que, sin apenas debate, incluimos en la Constitución el artículo 93 que permitía la primacía del Derecho comunitario. Hoy, el Estado autonómico funciona y goza de un respaldo resiliente, basado en la confianza y la lealtad de la mayoría; España forma parte de la Unión Europea, una Comunidad de Derecho formada por Estados y ciudadanos, con el mercado interior y el Euro como moneda, de gobernanza multilateral con atribución de competencias y subsidiariedad. España es un activo miembro de la UE con destacado protagonismo internacional.

La interdependencia en la Unión Europea en “una Unión cada vez más estrecha” con el objetivo de la paz y un destino compartido supone un profundo cambio de nuestro sistema político aunque sólo se haya reflejado hasta ahora en dos modificaciones constitucionales, precisamente motivadas por Europa: la del art. 13 para permitir a nuestros conciudadanos europeos residentes en España ejercer su derecho de sufragio en las elecciones municipales y europeas y la reforma del art. 135 con nocturnidad que llevó a la UE a entrar en la Constitución como una imposición más que como una voluntad.

Resulta paradójico que Europa esté presente de modo cuasi punitivo en la norma fundamental de un pueblo que desde su transición hasta hoy se ha expresado con un abrumador consenso sobre su participación en su construcción. Entonces, se podía explicar por la incertidumbre sobre el resultado de la negociación. Acepto la parte del mea culpa que me toca como diputado constituyente. La reforma más necesaria de la Constitución del 78, capaz de generar consenso en esta época interdependiente y postsoberanista, es incluir a Europa en la misma.

Tenemos una buena base para trabajar en la articulada propuesta del Consejo de Estado en su Informe de 2006 de modificaciones de la Constitución Española que en relación con Europa son: incluir en el Preámbulo la voluntad de la Nación española de” participar activamente en el proceso de integración europeo”. Asimismo, un nuevo Artículo X bis que establece el modo de hacerlo, cooperando con los demás Estados miembros a través de instituciones comunes en la formación de una unión comprometida con el Estado de Derecho, la democracia y los derechos fundamentales, con la exigencia para aprobar los Tratados de autorización previa de las Cortes Generales por mayoría absoluta de ambas Cámaras, en caso de o acuerdo prevalece el Congreso, por mayoría de tres quintos.

Además se contempla la responsabilidad del Estado y de las Comunidades Autónomas en la elaboración y aplicación del Derecho europeo así como la reforma del Senado. Para ello sería necesario incluir en la Constitución los sujetos territorialmente legitimados que deben componer la Cámara territorial, es decir, las Comunidades Autónomas, que no existían en 1978 y que hoy son los pilares del Estado. Sin embargo, no figuran como tales protagonistas. Una propuesta sensata sería incluirlas en la Carta Magna por el orden de aprobación de sus Estatutos. Así lo han hecho Estados europeos como Alemania, Bélgica, Austria y, a su manera, Italia. Con ello se podría avanzar en la lógica de vertebrar la organización del Estado con participación articulada a todos sus niveles en la gobernanza multinivel y no caer en inconexos reinos de taifas.

En los Tratados Europeos, que no son una Constitución federal, figuran al comienzo sus protagonistas, las Altas partes contratantes o los señores de los Tratados. Sin problemas, comparten la voluntad de unirse repúblicas presidencialistas con monarquías constitucionales, potencias coloniales con sus ex colonias porque la cuestión central es la voluntad de compartir un destino. No se trata del ombliguismo de yo y el resto, sino de unirse en la diversidad.

Progresivamente, vamos compartiendo con nuestros socios europeos componentes esenciales de la soberanía tradicional: moneda y política económica, ciudadanía, mercado, seguridad, justicia, inmigración o política exterior. Sin embargo, nos falta según el Consejo de Estado “una cláusula de integración que incorpore un mecanismo… de apertura general del ordenamiento español al Derecho comunitario” y, por tanto, reconozca la constitucionalidad y compatibilidad del mismo con nuestro propio Derecho en el que influye de modo decisivo.

Conviene ver cómo han ido incorporando nuestros socios Europa y la primacía de su derecho en sus normas supremas en este proceso federativo, donde todos cedemos y compartimos con difusa reciprocidad. El caso pionero es Alemania, por razones comprensibles. En su Ley Fundamental de 1949, afirmó su “voluntad de servir a la paz del mundo, como miembro con igualdad de derechos de una Europa unida” Afirmación de la “Alemania europea” de Thomas Mann frente a la “Europa alemana” del Reich hitleriano. Destaca”, su artículo 23 el “Europa artikel”, redactado después de Maastricht, mecanismo de integración del Derecho comunitario donde se ligan transferencias de soberanía con control democrático parlamentario a todos los niveles.

En esta línea, han ido modificando sus Constituciones Irlanda, Grecia, Portugal, Francia, Suecia, Finlandia, Austria, Eslovaquia, Letonia, Lituania, Rumania, Hungría y Bulgaria, algunos con varias revisiones.

Nuestra sociedad ha cambiado de modo sustancial no sólo en lo político, también en la vida cotidiana. Nuestra membresía en la Unión Europea hace que más de la mitad de nuestras normas legislativas, económicas y monetarias provengan directamente de decisiones políticas adoptadas conjuntamente con nuestros socios en un ejercicio cotidiano de soberanía compartida.

El Tribunal Constitucional así lo reconoce al declarar que la integración en la UE supone cierto grado de cesión de soberanía y de limitación de las facultades del Estado aceptada en tanto el Derecho europeo sea compatible con los principios fundamentales del Estado social y democrático de Derecho establecido por la Constitución. La supremacía de la misma es compatible con la obligatoriedad de las normas publicadas en el Diario oficial de las Comunidades Europeas en su ámbito de competencia. Además, hace suyas las históricas sentencias del Tribunal de Justicia Europeo Van Gend Loos y Costa ENEL que en la temprana década de 1960 establecieron la aplicación directa a la ciudadanía de las normas comunitarias. (Sentencia 232/2015)

La UE no es un Estado federal, pero desde Maastricht con la ciudadanía y la moneda europeas, la codecisión legislativa y la progresiva investidura parlamentaria del Presidente de la Comisión ha acelerado su proceso de “Unión federalizante de Estados”(Staatliche Verbund) como reconoce la jurisprudencia Solange (mientras tanto) del Tribunal Constitucional alemán. Igualmente, Jacques Delors habló de la UE como una Federación de Estados Nación. Por un lado, un pilar político comunitario federativo con iniciativa de la Comisión, codecisión legislativa Parlamento Europeo-Consejo regido por la mayoría con control del Tribunal de Justicia y por otro, un sistema intergubernamental dirigido por el Consejo Europeo sobre la base de la unanimidad con posible consulta del Parlamento y sin control judicial. Entre ambos, un dédalo de pasarelas y cooperaciones reforzadas, a partir de visiones y velocidades muy diferentes pero con una aceptación voluntaria y leal de normas, sanciones y jurisprudencia

El fallido Tratado Constitucional dio un paso más al establecer en sus tres primeros artículos, todos rescatados en el Tratado de Lisboa, los principios, valores y objetivos de la UE que definen su identidad fundada sobre “los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad y se basa en los principios de la democracia y del Estado de Derecho. Identidad que se fundamenta en ese patriotismo constitucional que une a pueblos diversos y a Estados en una comunidad de derecho. No se fija una perspectiva final sino que se habla de “una nueva etapa en el proceso creador de una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa”. Justo el párrafo del artículo 1º del TUE cuya supresión pretendía Cameron para ganar un referéndum suicida que ha precipitado una hamletiana situación con la que conviviremos largo tiempo si no siempre.

Esta es la línea de trabajo que afirma la solidaridad como un valor fundamental desde el comienzo. La Declaración Schuman la define en términos machadianos: “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”. Los sucesivos Tratados no son más que los hitos de este caminar paso a paso.

Además, el Tratado de Lisboa dio carácter vinculante a la Carta de Derechos Fundamentales, a pesar de la resistencia del Reino Unido y Polonia. Entre ellos figuran algunos claves hoy que en su momento no pudieron ser considerados por el constituyente español. Son el derecho a la integridad de la persona, estrechamente ligado a los avances en medicina y biología con el riesgo muy presente de convertir el cuerpo humano o sus partes en objeto de lucro o las prácticas eugenésicas, así como la protección de datos de carácter personal, fundamental en el mundo en red para impedir que se conviertan en objeto de tráfico político o económico.

Siguen dos artículos del TUE tan importantes como ausentes de nuestro debate público interno: el 4º), que establece el principio de atribución de competencias sobre la base de que toda competencia no atribuida a la Unión corresponde a los Estados miembros, y el respeto de su igualdad e identidad nacional, inherente a sus estructuras políticas y constitucionales, también en lo referente a su autonomía local y regional, e igualmente a sus funciones esenciales, especialmente las que tienen como objeto garantizar su integridad territorial, mantener el orden público y salvaguardar la seguridad nacional. Artículo respetado escrupulosamente por la Comisión como guardiana de los Tratados y de aconsejable lectura para aquellos que creen que chivarse a Bruselas lleva a su intervención “manu militari” y el 5º, que delimita las competencias de la Unión por el principio de atribución y su ejercicio según los principios de subsidiariedad y proporcionalidad.

Principios compartidos por el federalismo con la doctrina social de la Iglesia Católica, que se concreta en que la Unión intervendrá en los ámbitos que no son de su exclusiva competencia solo en caso de que los objetivos de la acción pretendida no puedan alcanzarse de manera suficiente por los Estados miembros, a nivel central, regional o local y lo puedan ser mejor a escala de la Unión. Velar por su respeto es una tarea que corresponde específicamente a los Parlamentos nacionales que deben cumplir con una importante función en este campo.

La UE se configura como una democracia parlamentaria que no desplaza la propia de los Estados miembros sino que se estructura como un sistema de gobernanza multinivel propio de los sistemas con vocación federal.

Desde la primera Conferencia del Parlamento Europeo con los Parlamentos Nacionales celebrada en la Camera dei Deputati en noviembre de 1990 que elaboró y aprobó el primer borrador del Tratado de Maastricht hasta hoy, esta relación ha ido reforzándose en los Tratados y en la acción cotidiana configurando progresivamente lo que Madison denominó una “compound republic”, una república compuesta. Este punto plantea una cuestión importante a nuestros propios sistemas parlamentarios: su papel no es simplemente rubricar las normas – directivas, reglamentos u otras- como si provinieran de un poder omnímodo y superior de Bruselas. Es importante articular la democracia a partir de cada Parlamento nacional para que debata y elabore a partir de directivas con orientaciones más que sellar reglamentaciones minuciosas.

 Un caso muy relevante es el relativo al futuro del Mecanismo de Estabilidad (MEDE), creado durante la crisis. Sus 700 mil millones de € de capital suponen más de seis presupuestos comunitarios. En el caso de España, no solo lo utilizó un rescate parcial por la crisis bancaria sino que aportó su parte el 11’8 % (83,3 mil millones €). La cuestión ha sido tratada y debatida en otros Parlamentos de la UE, en el nuestro está aún pendiente. De cara al actual debate del Marco financiero septenal, la transformación de este fondo intergubernamental en un Fondo Monetario Europeo sería un paso sustancial para reforzar el Euro en la perspectiva de la imprescindible creación de un Tesoro europeo.

Parecía que con Lisboa se llegaba a un periodo de descanso en el ritmo cuatrienal de Tratados. En absoluto. La salida de la crisis forzó a negociar el Tratado de Gobernanza, más conocido por su rotunda denominación inglesa como “Fiscal compact”, con dos características: no es un Tratado comunitario por la oposición del Reino Unido y la República Checa y entró en vigor no por unanimidad sino por la ratificación de dos tercios de los Estados miembros, la misma mayoría cualificada de la Convención de Filadelfia para la entrada en vigor de la Constitución de Estados Unidos. Con compromisos que modifican profundamente nuestros sistemas constitucionales: examen previo del anteproyecto de presupuestos por la Comisión europea, obligaciones rigurosas en relación con los déficits estructurales con sanciones semi-automáticas y modificaciones constitucionales. Un Tratado que debía integrarse en 2018 en el sistema comunitario y que sigue rigiendo la política económica de los Estados miembros que comparten un sistema monetario federal.

Es innegable que este proceso constituyente abierto ha logrado para los europeos un período de paz, prosperidad y unidad en la diversidad sin precedentes desde el final del Imperio romano, gracias al sistema normativo de una Comunidad de Derecho con reglas aceptadas voluntariamente. Ahora se abre un nuevo capítulo en la construcción europea. La nueva Comisión se define como geopolítica lo cual tiene pleno sentido para asegurar el futuro económico, tecnológico y demográfico de la UE incluida la inmigración, trabajar por una globalización con normas, afrontar el cambio climático con desarrollo sostenible, garantizar la seguridad interna y externa y cumplir con su compromiso constitucional de defender y reforzar el marco multilateral de la ONU.

El desafío es pasar de la Comunidad norma a la Unión poder frente al juego de grandes potencias subcontinentales con pretensiones hegemónicas y al poder de multinacionales sin control en el mundo de la red.

Para reflexionar sobre su porvenir, la Presidenta von der Leyen ha anunciado una nueva cita: Una Conferencia sobre el futuro de Europa a celebrar a partir de 2020 con dos años de trabajo para definir prioridades y nivel de ambición en la que participen la ciudadanía, la sociedad civil y las instituciones con posibles cambios en los Tratados.

Las cuestiones a tratar merecen consideración y participación en las Universidades como centros de formación y pensamiento. Entre las mismas, destacan como avanzar en la Unión federalizante – en parte Estado federal, en parte organización internacional – , hacia la Unión política; como se establecen salvaguardias de participación y control democrático en los Estados miembros ante la mayor integración y autonomía de las instituciones de la UE, como se consigue estructurar un sistema en el que un progresivo crecimiento de competencias de la UE (piénsese en economía, seguridad y defensa) no disminuya el poder democrático de control en los Estados miembros y como se logra una ley electoral común

En el caso de España, tras un proceso inicial de impulso político en nuestra incorporación, no hemos avanzado mucho en reforzar y coordinar nuestro sistema democrático con el proceso europeo. Es hora de salir de nuestro ensimismamiento y participar con decisión y creatividad en el gran debate que se anuncia. Las Universidades pueden y deben ser uno de los focos creativos del mismo. Espero y deseo que esta Universidad, fiel a su trayectoria europeísta, figure entre ellas.

Puedes ver la ceremonia y el discurso en vídeo, en este enlace: https://youtu.be/_ak62AOWVsk